No sabía bien si entrar, aunque no tenía prisa y el tiempo era lo de menos. El sabor del café cada vez estaba más lejos y apetecía darles una vuelta a las neuronas más trabajadoras, esas que no tienen vacaciones ni semanas santas. Como siempre, el ritual del kiosco es una corriente difícil de esquivar.

Casi como un baile tribal alrededor de un fuego, o como los comensales de un buffet libre, nos amontonamos alrededor de las mesas y mostradores con libros. En media hora, alguno de los pasajeros paseantes se dará cuenta de que la compañía regala el diario que ha comprado, y pensará “la próxima vez no me pasa”, como dijo Walter aquella vez.

¡Pero bueno, qué prisa tiene ese! Si ha tirado dos Interviús encima de El Jueves que iba a coger. Míralo cómo corre, con esa típica vergüencilla de adolescente sonrosando sus carrillos... ¡Que no pasa nada hombre!

Señorita, no me mire usted así, que no he robado nada. Entré con la intención de no comprar, como todos esos sujetos que parecen comer una macedonia de pérezrevertes con aderezo de crepúsculos, libros de autoayuda y javiercercas, y que salen como entraron, sin comprar ni un boli de recuerdo y eructando de gratis.

- Qué, Walter, ¿no te has comprado nada?

- Na, me iba a comprar el diario, pero me he acordado de que lo dan gratis en el avión. ¿Y tú?

- Iba a comprar El Jueves, pero no llevaba suelto y ya llevo un libro a medio leer en la bandolera. ¿Sabes qué? Un tío ha tirado dos Interviús y ha salido escopeteado...